Eran las nueve de la noche de un día de invierno. Hacía un frío muy intenso que se calaba en los huesos mientras paseabamos por el Paseo del Prado. Caminabamos cogidos de la mano observando los pequeños copos de nieve que caían silenciosamente sin parar. Las ramas de los altos árboles del paseo estaban llenas de nieve. Yo acaricié uno de los arbustos redondos con las hojas heladas mientras mi marido me sacaba una foto. Cuando nos acercamos a la fuente de los ángeles, una paloma gris piaba desconsolada y buscaba refugio para protegerse del frío.
Dejamos atrás el camino del paseo y nos acercamos los alrededores del Museo del Prado de Madrid. Mi marido cogió rápidamente su móbil apple de última generación del fondo del bolsillo de su abrigo verde oscuro y me sacó una foto al lado del césped blanco. Había un silencio sepulcral y parecía que la gente se hubiera esfumado para siempre. El cielo estaba oscuro y despejado por el frío extremo (- 8ºC) se podían ver muchas estrellas. Los dos ibamos muy abrigados. Mi marido llevaba un abrigo nuevo de la marca alemana HUGO BOSS y unos guantes de piel marrón. Yo llevaba un abrigo negro ARMANI con un forro ribeteado de rojo, un gorro de lana verde agua con una bufanda del mismo color. Los guantes azules forro polar que me los habían traido los reies magos del pasado año. Nos sacamos una foto al lado de la estatua del pintor Velázquez que tenía su nombre esculpido con letras bordeadas de nieve y cuando tocabamos las letras “VELÁZQUEZ” se te pegaba la mano el hielo en el guante.
El frío se adueñaba poco a poco de nuestro cuerpo y decidimos dejar el Museo del Prado que con sus columnas de piedra llenas de nieve parecía el Museo Tetriakov de Rusia donde se encuentran los cuadros bélicos y de zares del siglo XIX. Atravesamos la calle vacía de coches y llegamos a Plaza Neptuno. La pobre escultura de mármol de Neptuno cubierta de nieve parecía el Dios de la nieve de Siberia en lugar del Dios del mar de la mitología romana. Subimos por la Carrera de San Jerónimo y pasamos por el Congreso de los Diputados. Todos los políticos se habían ido a su casa a descansar y a disfrutar del calor del hogar con su familia. Caía mucha nieve, el gorro de lana ya era todo blanco y las espaldas las teníamos llenas de diminutas estrellitas de nieve.
Entramos al restaurante “Aromas de la India” y una joven bengalí con una túnica naranja nos recibió con una sonrisa amable. En el restaurante se estaba muy calentito y el frío de la paseada nocturna se alejó de allí. Nos sentamos en una mesa delante del cuadro dorado de la diosa india de la fecundidad. Nos trajeron el menú degustación indio: unas cazuelitas de cobre pequeñas con pollo al curri y una salsa de especies roja y un cordero con una salsa de especies verde que estaba bueníssima. De postre el camarero nos sirvió un sorbete con una bola de mango y otra bola azucarada que nos la comimos muy rápido sin pensar demasiado. Observé la vela que se apagaba poco a poco y cuando pagamos metí los dedos dentro del recipiente de varias especies mezcladas de la India que nos dejó la joven bengalí del pelo largo y ojos oscuros. La aroma de la India se apoderó de nuestra alma por unos instantes estabamos viajando en Nueva Delhi, Mumbay, Srilanka……


